Estos tres ejes se desarrollarán por medio de paneles con participación de mujeres que desde el desarrollo de propuestas de paz y académicas, en diferentes partes del mundo. Adicionalmente, se realizarán mesas de trabajo, que permitirán la discusión, el análisis y la generación de los puntos de acuerdo. Finalmente, se desarrollarán dos paneles sobre experiencias, el primero desde la experiencia de las mujeres centroamericanas y el segundo desde otras experiencias de conflictos en el mundo.
Según Marina Gallego, estas experiencias permitirán, por un lado, nutrir al movimiento de las lecciones aprendidas por los grupos de mujeres en otros territorios del mundo, y por el otro, acordar también unas prioridades a nivel internacional, que permitan una mayor incidencia frente al estado, el cuerpo diplomático y los medios de comunicación.
Serán entonces cerca de 250 mujeres cuyos cuerpos y esperanzas de paz trascienden sus territorios de origen y que darán otro paso hacia unos acuerdos comunes de las mujeres contra la guerra. Mujeres que representan otras miles, millones incluso, que están construyendo el mapa de la paz en el mundo.
Las razones de una campaña
“El estado colombiano gasta inmensos recursos en la adquisición de armas, en el mantenimiento de los ejércitos, en el pago de recompensas en la incorporación de un millón de personas a la red de informantes y como soldados campesinos, mientras se señala a Colombia como el país de mayor índice de pobreza en América Latina y la crisis humanitaria da cuenta de más de dos millones de personas desplazadas, de las cuales las mujeres y las niñas somos la mayoría.
La relación directa entre la miseria y los gastos militares son vivenciados claramente por las mujeres. Cada peso que va para la guerra es un peso que se le quita a la inversión social. Cada fusil que entra al país es un cupo escolar que se pierde. Cada helicóptero que se compra son cientos de empleos productivos que se cierran. Cada batallón que se conforma son servicios públicos que se privatizan y restringen su acceso, mientras se cierran puestos de salud, hospitales, comedores comunitarios.
Es esta una cadena de miseria que nos tiene frente a una catástrofe social, económica y humanitaria, que hace de los derechos un bien mercantil en disputa de intereses políticos y privados.
Quienes nos proponen la guerra la justifican por las ganancias de la industria armamentista mundial, por la inversión de las industrias transnacionales en Colombia, por el requerimiento de los Estados Unidos de declarar a los y las opositoras de su imperio como terroristas, mientras que los costos de la guerra no sólo los contamos en vidas humanas, sino también en las marcas del sufrimiento, la rabia, el desarraigo, la soledad y el deterioro en el bienestar y la calidad de vida de nosotras y la población.
Desde una racionalidad pretendidamente civilizada, la guerra, además de destruir el tejido familiar y social, se territorializa en el cuerpo de las mujeres a través de prácticas como la violación sexual, el desarraigo de los lugares de origen, de los vínculos familiares y afectivos, las prohibiciones para relacionarse con los actores armados, todo lo cual constituye nuevas invasiones a nuestras vidas y nuestros cuerpos.
La guerra alimenta la ancestral violencia contra las mujeres. Ahora, las armas salen de los campamentos y las brigadas para instalarse en los hogares colombianos rurales y urbanos, donde las mujeres son obligadas a atender a unos y otros. Son amenazadas, heridas, violadas, obligadas a prostituirse, a abortar, a relacionarse o dejar de hacerlo, para luego ser detenidas y judicializadas. Aquellos límites entre el campo y la casa, detrás de los cuales han estado los límites entre lo público y lo privado, ahora sucumben al servicio de las armas.
Las mujeres del Movimiento de Mujeres contra la Guerra queremos hacer parte del Movimiento Mundial Antimilitarista y del Desarme que invita a reflexionar sobre las armas y su uso como única salida al conflicto; de su función cultural simbólica y de su significado para la cultura de la violencia. En esa medida proponemos renunciar a la guerra y a las armas como el paso para reducir las distintas formas de violencia. Esta propuesta implica un compromiso con la democracia, con la superación de las discriminaciones y exclusiones, el reconocimiento de la diversidad y la eliminación de todas las formas del poder patriarcal.
Desde las experiencias de resistencias de las mujeres que se han ido configurando con formas organizativas propias y con históricos procesos organizativos, hemos optado por construir el Movimiento de Mujeres contra la Guerra como mecanismo para expresar la no violencia activa y la acción pedagógica en aras de desactivar los artefactos de la guerra en la palabra y en los actos. Además, las mujeres lideramos procesos de reconciliación y paz que posibiliten la búsqueda de la verdad, la justicia y, basadas en el compromiso de construir una sociedad libre de exclusiones, injusticias, respetuosa de la naturaleza y de sus recursos, hemos entendido que la cultura de la no violencia exige un cambio en la forma de pensar, actuar, querer y vivir.
Hoy ratificamos nuestro compromiso con el Movimiento de Mujeres Contra la Guerra nuestra propuesta por la “Desmilitarización y recuperación de la vida civil” y el “Cuerpo de las Mujeres no es Botín de Guerra”, con la cual aspiramos a contribuir en la construcción de un espacio para avanzar en la civilidad en Colombia. Por ello reivindicamos el ejercicio pleno de las ciudadanías como expresión diversa da la sociedad, que se constituye en garante de la civilidad más allá del Estado. Para nosotras la civilidad representa el reconocimiento de la diferencia y el ejercicio de los derechos. Recuperar la civilidad, es darnos la oportunidad de resolver el conflicto social y armado existente desde una salida política negociada, es reconocer a las organizaciones sociales y políticas como actoras y artífices de la democracia.
Desmilitarizar es rechazar rotundamente la guerra como forma de resolver los conflictos sociales y políticos, es oponernos a que los niños, niñas y jóvenes sean involucrados con los actores armados legales e ilegales; oponernos también al reclutamiento forzado, al uso de las armas convencionales y no convencionales, a las fumigaciones aéreas que destruyen la biodiversidad, a la utilización del cuerpo de las mujeres como botín de guerra, a incluir en nuestra cotidianidad actitudes y costumbres militaristas. Estamos por un intercambio humanitario que permita el acercamiento y avance hacia una salida negociada a los conflictos social y armado.
Desmilitarizar es manifestarnos en contra de la Ley Antiterrorista y del servicio militar obligatorio para mujeres, es rechazar que las mujeres seamos tomadas como botín de guerra.
Fragmento del texto de lanzamiento de la Campaña por la Desmilitarización y Recuperación de la Vida Civil. Bogotá, Julio de 2003
RUTA PACIFICA DE LAS MUJERES
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Leer Boletín No. 1 del Encuentro Internacional de Mujeres Contra La Guerra
Las mujeres se unen contra la guerra